Revisitando clásicos: Frankenstein, de Mary Shelley

9780141198965

Puntuación: 5/5
Autor: Mary Shelley
Género: literatura gótica
Editorial: Penguin English Library

Reseñar clásicos siempre me parece un asunto peliagudo. No sé si será por el momento en el que lo he leído o por querer indagar más por mi cuenta, pero hace poco volví a leer Frankenstein y me apetecía hablar un poco sobre él.

Las interpretaciones que se pueden extraer son innumerables, desde el plano histórico, biográfico, bíblico, mitológico, etc…, lo que probablemente sea en parte la razón por la que la obra se haya adaptado a todo tipo de medios y hoy, casi 200 años después, siga siendo relevante. No quiere decir que sea una novela fácil de leer, que sus personajes sean perfectos o que esté exenta de fallos, pero, desde mi punto de vista, es la ambivalencia de todas y cada una de estas interpretaciones lo que la hace interesante.

La novela se desarrolla en un marco narrativo compuesto por varias “capas”: como introducción, tenemos la correspondencia entre Robert Walton y su hermana durante su solitaria expedición en el Ártico, circunstancias que le llevan a conocer a Víctor Frankenstein, alguien en quien se ve reflejado y que brevemente satisface su necesidad de entablar algún tipo de relación. Luego, Víctor narra la serie de sucesos que desembocan en su llegada al barco, desde su niñez hasta su fatídico encuentro con el monstruo. En ese momento, cambia brevemente la perspectiva para introducir la voz del monstruo (aunque, teniendo en cuenta que se encuentra dentro de la narración de Víctor, podría cuestionarse la fiabilidad de esta voz en ciertos momentos), donde conocemos sus primeros momentos de vida y su año en solitario, incluida la historia de sus llamados “protectores”, hasta su reencuentro con el creador. Por último, la historia concluye con las últimas cartas de Walton, donde anuncia su regreso a casa. A través de estas voces obtendremos distintas perspectivas de cada uno de los personajes de la historia: Walton como un intelectual solitario, Víctor como un noble consumido por sus secretos y el monstruo como víctima, entre otras.

Las referencias más obvias de la novela se encuentran en el propio subtítulo de la obra (“El moderno Prometeo”) y la referencia al inicio a Paradise Lost, de John Milton. Centrándome en la primera referencia, Shelley establece ciertos paralelismos entre Víctor y Prometeo, ya que su ambición lo conduce a lo inalcanzable, a descubrir el secreto de la creación de la vida. Cuando por fin se materializa su proyecto (nunca mejor dicho), se ve atormentado por su creación eternamente hasta su muerte. Por otro lado, hay incluso algún guiño más directo en el personaje del monstruo, como cuando él mismo descubre el fuego, cuando decide entregar leña a sus protectores o cuando finalmente decide morir atado a una pira.
Como opinión personal, diré que el personaje de Víctor, a pesar del contexto histórico, me resultaba algo incoherente a ratos. Tras pasar meses entregado al proyecto de su vida, hasta el punto de hacer mella en el plano físico y de estar más que dispuesto a cometer atrocidades como profanar tumbas, su reacción al ver a su obra magna cobrar vida… ¿es huir y cerrar los ojos como si no hubiera pasado nada? ¿Cómo puede ser que la respuesta a cualquier adversidad de este personaje sea caer enfermo hasta que se resuelva por sí sola? En fin, entiendo el tono dramático, pero a veces me parece que se abusaba de ello.

Dramatismo aparte, la parte que más disfruté fue, sin lugar a dudas, la historia contada por el monstruo y el debate entre Víctor y él cuando finalmente se niega a crear una segunda criatura. Es en esta ocasión cuando resulta más evidente cómo se va difuminando esa fina línea que divide al creador y a la creación. De hecho, si extraemos algunas citas de la obra sin contexto, resulta difícil determinar quién las pronuncia.

Remember that I have power; you believe yourself miserable, but I can make you so wretched that the light of day will be hateful to you.

Al final, tanto Víctor como el monstruo son reflejos de sí mismos, y comparten momentos de gloria y desolación. No obstante, la segunda emoción es la única en la que pueden llegar a converger. Víctor crea un monstruo que le acarreará tormento eterno; el monstruo solo ve la muerte como la única forma de conectar con su creador.

Lo que nos lleva al otro gran interrogante sobre el monstruo: ¿es intrínsecamente malvado o es víctima de las circunstancias que lo rodean? Por una parte, cuando al fin descubre que es consciente de sí mismo, es recibido con el más absoluto desprecio por todo aquel que se cruza en su camino, por no hablar de su creador; por otra parte, resulta difícil ignorar que es él el primero que asesina a un niño como acto de venganza.

Como es de esperar, el final es desastroso para todos. Las consecuencias de la búsqueda de un conocimiento inalcanzable con el único fin de satisfacer el ego es castigado con la muerte de la familia de Víctor, su propia muerte, y, finalmente, la muerte del monstruo. A modo de moraleja, y quizá como reflejo de la corriente de pensamiento romántica de la época, Walton desiste en su infructuosa expedición y decide volver a casa.

I shall die, and what I now feel be no longer felt. Soon these burning miseries will be extinct. I shall ascend my funeral pile triumphantly and exult in the agony of the torturing flames. The light of that conflagration will fade away; my ashes will be swept into the sea by the winds. My spirit will sleep in peace, or if it thinks, it will not surely think thus. Farewell.